Luzón (13 km)
Ciruelos del Pinar (5,8 km)
Maranchón (5,8 km)
Layna (14,5 km)
Salinas de Medinaceli (12 km)
Medinaceli (2 km)
Lodares (4 km)
Jubera (3,5 km)
Somaén (6 km)
Arcos de Jalón (5 km).
Hostal Numancia
Km. Etapa: 81,18
Km. Total: 644,96
Tiempo en movimiento: 6 h 23 m
Tiempo total etapa: 8 h 50 m
Velocidad media: 13,3 km/h
Velocidad máxima: 39,0 km/h
Desnivel acumulado: + 567 m / – 941 m
Altitud máxima: 1.300 m
Altitud mínima: 817 m
Como de costumbre, me levanto sobre las 6:30 h. Después de asearme, reorganizo un poco el equipaje, que tengo hecho un buen lío, y lo voy bajando hasta donde tengo la bici. Con todo ya colocado en su sitio, me acerco al restaurante para desayunar; ahora solo queda entregar la llave y emprender la marcha.
Son las ocho menos algo de la mañana cuando empiezo a pedalear. De momento el arranque es un auténtico galimatías: me toca lidiar con un montón de rotondas y vías de servicio hasta conseguir enlazar con la carretera N-211. Tras rodar unos cuatro kilómetros, llego a Garbajosa.
Esta es la primera población del día y, como era de esperar a estas horas, no se ve un alma por ningún lado. Aun así, recorriendo sus calles vacías, aprovecho para fotografiar un frontón, la iglesia y, cómo no, dejar debidamente documentado su lavadero.
Toca retroceder los 500 metros que me había desviado para entrar al pueblo y retomar la carretera principal. Tras un par de kilómetros entro en Aguilar de Anguita, donde lo primero que salta a la vista es otro lavadero, que también inmortalizo con la cámara. Después, contemplando lo que tengo frente a mí —una subida tremenda—, decido no ascender al casco urbano. Sabiendo que probablemente no encontraría mucho más que ver, decido que no merece la pena semejante esfuerzo.
Como no puede ser de otra forma, continúo por la N-211, que se encarga de que no me relaje ni un momento a base de fuertes repechos. Poco después me desvío a la derecha por la GU-947, un cambio que me permite pedalear con más tranquilidad los tres o cuatro kilómetros que me separan de Luzón. Antes de entrar, sin embargo, me toca parar a ponerme el cortavientos: el cielo se ha encapotado por completo y empieza a refrescar más de la cuenta.
Nada más entrar a Luzón localizo el lavadero. Aunque ya lo tenía documentado de ocasiones anteriores, esta vez logro ampliar muchísimo la información gracias a un vecino. Charlamos un buen rato y me detalla la historia de los Diablos y las Mascaritas de Luzón, los personajes más representativos de su carnaval y una tradición bellísima a caballo entre la historia y la leyenda. Tras la conversación, callejeo un poco y hago algunas fotos.
Retomo la etapa avanzando ahora por un camino de tierra. Pasados un par de kilómetros vuelvo a enlazar con la GU-947 y, tras seis kilómetros más de ruta, entro en Ciruelos del Pinar. Recorro sus calles y entablo conversación con otro vecino, quien amablemente me indica la ubicación del lavadero y de un rollo o picota, antiguo lugar de ejecución de la justicia local. Tras despedirme, tomo las fotos de rigor y continúo el viaje.
Ahora voy pedaleando por la GU-948, una carretera que me recibe con unos repechos imponentes. Entre Ciruelos del Pinar y Maranchón el paisaje me regala una tregua al divisar una zona de picnic: resulta ser el merendero del Recuévano, un paraje natural perfecto para el descanso donde, a escasos metros, se encuentra una fuente con abrevadero. Tras hacer unas fotos, continúo en dirección a Maranchón.
Ya en el centro de esta localidad, me detengo ante una escultura en homenaje a los muleros para hacer unas fotos. Hablando con unos lugareños, me cuentan que los muleros de Maranchón fueron los tratantes de ganado más importantes de toda España, llegando a amasar inmensas fortunas gracias a la compraventa de mulas.
Sigo la ruta por la N-211 con la mirada puesta en Layna. Después de pedalear bastantes kilómetros por esta nacional, me desvío por la GU-411. En este punto cambio de provincia para adentrarme en Soria, lo que también hace variar la denominación de la carretera, que pasa a ser la SO-411. Tras recorrer ocho kilómetros bajo estas nuevas siglas, alcanzo Layna.
A la entrada del pueblo localizo un lavadero y, junto a él, una fuente donde varios vecinos se encuentran cogiendo agua. Me comentan que es excelente y me ofrecen llenar mi bidón. Les doy las gracias y continúo explorando la población; al ver un bar, aprovecho para parar y tomar un merecido tentempié. Antes de marcharme, fotografío un olmo centenario que inevitablemente me recuerda los versos de "A un olmo seco" de Antonio Machado.
Sigo rodando por la SO-411 durante los casi doce kilómetros que me separan de Salinas de Medinaceli. Me desvío para cruzar el arroyo del Pradejón y justo ahí me detengo a tomar unas fotos de las salinas. Ya recorriendo el pueblo, localizo su lavadero, contemplo la iglesia y hago algunas fotografías más.
Continúo la etapa por la misma carretera hasta cruzar la autovía y enlazar con la N-2, que me conduce directo a la Estación de Medinaceli (la parte baja de la localidad). Aquí busco la oficina de turismo para sellar el salvoconducto. Decido no subir a la zona alta y más turística, ya que implica tres kilómetros de rampas muy duras y es un conjunto monumental que ya he visitado en otras ocasiones.
Prosigo por la N-2 in dirección a Lodares, que teóricamente iba a ser mi final de etapa, pero me encuentro con fuerzas para ver si puedo estirar un poco más el día. Al llegar a Lodares, paro a tomar un refrigerio y pregunto por el próximo pueblo con servicios; me informan de que no encontraré alojamiento hasta Arcos de Jalón. Así que, tras comerme un buen pincho de tortilla acompañado de su correspondiente cerveza, abandono el pueblo.
La N-2 es ya una vieja conocida; he pedaleado por ella muchísimos kilómetros. Continúo la marcha hasta dejar atrás Jubera, un núcleo de apenas tres o cuatro casas por el que prefiero pasar de largo para no desviarme de mi rumbo.
Tras pedalear unos seis kilómetros llego a Somaén, y la sorpresa es mayúscula: esta pequeña población es sencillamente espectacular. Especialmente la zona situada al otro lado del río Jalón, que despliega un laberinto de callejuelas empedradas por las que da gusto perderse mientras se admira su castillo y su cuidada arquitectura tradicional.
Por fin, después de los últimos cinco kilómetros, hago mi entrada en Arcos de Jalón. Toca cumplir con el ritual de cada tarde: buscar alojamiento. Una vez instalado en mi habitación, disfruto de una buena ducha, lavo la ropa de la jornada y, tras descansar un rato, salgo a pasear para visitar el castillo y los rincones más representativos de la localidad. Sello el salvoconducto y, de vuelta en el hostal, disfruto de la cena. Como manda la tradición, hago la famosa foto para publicarla en la sección “Grandes Cenas Cicloviajeras”.
Castillo de Arcos de Jalón
VER 9.ª ETAPA





























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