Poblaciones por las que paso:
Arcos de Jalón (5 km)
Aguilar de Montuenga (4 km)
Montuenga de Soria (1,8 km)
Santa María de Huerta (5,5 km)
Torrehermosa (5 km)
Monreal de Ariza (7 km)
Ariza (5 km)
Contamina (9 km)
Alhama de Aragón (6,2 km)
Bubierca (5,5 km)
Ateca (7,5 km)
Terrer (7,5 km)
Calatayud (6,5 km).
Alojamiento:
Hostal Fornos
Datos de la etapa:
Km. Etapa: 98,78
Km. Total: 743,74
Tiempo en movimiento: 7 h 55 m
Tiempo total etapa: 11 h 28 m
Velocidad media: 12,9 km/h
Velocidad máxima: 42,6 km/h
Desnivel acumulado: + 572 m / – 884 m
Altitud máxima: 939 m
Altitud mínima: 518 m
Monasterio Santa María de Huerta
La noche ha sido un tanto movida; no porque haya pasado nada grave, sino porque he tenido el sueño más ligero de lo habitual. ¡Pero amanece un nuevo día! Como siempre, sobre las 6:30 h ya estoy en pie con la rutina diaria: asearme, vestirme, organizar los cachivaches, comprobar las alforjas y dejarlo todo a punto.
Una vez cargada la bicicleta, entro al restaurante a desayunar. Es de los pocos días que me pego un buen homenaje antes de salir, lo cual se agradece enormemente.
Salgo de la localidad callejeando hasta enlazar con la carretera SO-3008 en dirección a Aguilar de Montuenga. Tras pedalear cómodamente unos cinco kilómetros, llego al pueblo. Recorro sus calles, contemplo los restos del castillo y hago algunas fotografías. Ya a la salida, me encuentro con la Necrópolis Celtibérica de El Inchidero, datada en el siglo III a. C., y muy cerca encuentro un lavadero al que, por supuesto, también documento.
La salida de Aguilar, sin embargo, no ha podido ser más desastrosa. Me equivoco de rumbo y avanzo en dirección contraria durante unos seis kilómetros antes de darme cuenta del error. Toca dar la vuelta y deshacer esos doce kilómetros con fuertes repechos en las piernas, pasando de nuevo por Aguilar de Montuenga hasta enlazar, ahora sí, con la carretera SO-P-3044. Por fin voy por el buen camino.
Sigo la etapa por la carretera SO-P-3010. Tras unos cinco kilómetros de pedaleo entro en Torrehermosa. Aquí aprovecho bien el tiempo: sello el salvoconducto, visito el castillo, la casa-palacio de Fabián y Fuero, unas bodegas tradicionales y los restos de una alcazaba. Después de la caminata cultural, toca reponer fuerzas con un café con leche mientras charlo un rato con los parroquianos. A la salida, fotografío varios murales que adornan las fachadas de algunas casas y una escultura dedicada a San Pascual Bailón, hijo ilustre de la localidad.
Continúo rodando hacia Monreal de Ariza por la ZP-4505. Tras unos siete kilómetros siguiendo la vega del Jalón, hago mi entrada en el pueblo. Como no podía ser de otra forma, lo primero que me recibe es un lavadero que dejo convenientemente documentado. También visito la Casa Palacio de los Catalina, el castillo y los rincones más emblemáticos del lugar.
Prosigo la marcha por la CV-937. Tras unos kilómetros, justo antes de llegar a la rotonda que está junto a una gasolinera, debo tomar la vía de servicio de la autovía A-2. En la estación de servicio pregunto para asegurar el tiro; aun así, me toca rodar unos cuantos kilómetros con la incertidumbre de si voy por el sitio correcto. Por suerte, las dudas se disipan cuando entro en Ariza cruzando un hermoso puente medieval.
Ya en Ariza, recorro sus calles descubriendo el convento de San Francisco, la iglesia y el casco histórico. Aprovecho la parada para tomar un tentempié y estampar un nuevo sello en el salvoconducto.
Nada más entrar al pueblo me encuentro con un antiguo lavadero que, por descontado, se va documentado en mi cámara. Callejeo un rato contemplando varias casonas de gran interés histórico e intento buscar un sitio para tomar algo, pero resulta una misión imposible.
Continúo la etapa por la N-IIa. Me sorprende gratamente ver un cartel que indica que solo me separa 1 kilómetro de mi próximo destino, cuando en mi rutómetro tenía apuntados 6,2 km. Tras un par de pedaladas rápidas, entro en Alhama de Aragón flanqueado por sus famosos balnearios.
En pleno centro histórico visito los Baños del Moro, una antigua torre de vigilancia y la iglesia de la Natividad, además de deleitarme con varias casas y fachadas medievales mientras callejeo. También aprovecho para sellar el salvoconducto y disfrutar de un merecido y tranquilo tentempié. Por último y antes de salir del pueblo documento un lavadero.
Retomo la marcha por la N-IIa, pedaleando casi todo el tiempo en paralelo a las vías del tren y al curso del río Jalón. Unos seis kilómetros más adelante entro en Bubierca. Tras un rato callejeando descubro su lavadero —al que fotografío sin falta—, además del castillo, la ermita de la Esperanza y algunas casonas tradicionales.
El recorrido sigue fiel a la N-IIa, serpenteando junto al río Jalón. Tras pasar bajo la autovía A-2, devoro los pocos kilómetros que me separan de Ateca hasta hacer mi entrada en la población.
Ya en Ateca visito la iglesia de Santa María, su plaza porticada y la torre del reloj. Durante el paseo por su conjunto urbano aprovecho para sellar el salvoconducto. Salgo del pueblo pasando junto a la ermita de San Blas y el campo de fútbol y, tras cruzar el barranco de la Alhóndiga, alcanzo Terrer.
Y aquí llega la gran anécdota del día. Mi plan inicial era terminar la etapa en Terrer y quedarme aquí a dormir. Sin embargo, la realidad me da un bofetón: el único alojamiento del pueblo cerró hace tiempo y no hay alternativa. La única opción que me queda es montar la tienda de campaña, pero justo cuando localizo un buen sitio, empieza a chispear. No hay elección: toca ponerse a pedalear unos kilómetros extra hasta Calatayud. Antes de abandonar Terrer, eso sí, visito las ruinas de su castillo, su torre mudéjar y el casco urbano.
Afronto los casi siete kilómetros que me separan de Calatayud por la ya más que conocida N-IIa. Al llegar a la ciudad pregunto por un alojamiento; el primero que me recomiendan está completo, pero el dueño me aconseja otro. Me acerco, compruebo que hay sitio y, tras registrarme y pagar, guardo la bicicleta. Descargo las alforjas, las subo a la habitación y compruebo que en el guardabicis hay otro grupo de seis ciclistas y otro valiente que, como yo, viaja en solitario.
Una vez instalado en la habitación cumplo con el ritual de cada tarde: ducha reconfortante, lavar la ropa de la etapa y un buen rato de descanso. Ya con las pilas cargadas y otro humor, salgo a descubrir los tesoros de la ciudad: la torre de la iglesia, la colegiata, el imponente castillo y su conjunto fortificado. Paseando por el casco urbano, cae una merecida cerveza para celebrar el día.
De regreso al hostal, reorganizo el equipaje y compruebo, con cierta resignación, que la ropa aún sigue húmeda. Hoy toca una cena "de andar por casa". Me la preparo en la habitación y, antes de dar el primer bocado, cumplo con el protocolo: le hago la famosa foto para las “Grandes Cenas Cicloviajeras”. Una vez compartida en las redes sociales, doy buena cuenta de ella.
Ahora, refugiado en el último rincón de la cafetería del hostal, me siento a escribir estas notas mientras disfruto de un buen café.






























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