Bocairent (11,9 km) (c-cr-h)
(s) Banyeres de Mariola
El Sale (7 km)
(s) Beneixama (1,8 km)
(s) Biar (9,5 km)
(s) Villena (10 km)
Colonia Santa Eulalia (8 km)
(s) Sax (5,3 km)
Elda (8,3 km)
Monóvar (6,8 km)
Novelda (9,9 km)
Km. Etapa: 88,26
Km. Total: 1.733,08
Tiempo en movimiento: 6 h 59 m
Tiempo total etapa: 9 h 48 m
Velocidad media: 14,6 km/h
Velocidad máxima: 44,6 km/h
Desnivel acumulado: +873 m / -997 m
Altitud máxima: 719 m
Altitud mínima: -246 m
¡Buenos días! Esto va oliendo ya a final de ruta. Como de costumbre, sobre las 6:30 h ya estoy organizando el equipaje. Con todo preparado, saco la bici cargada con las alforjas y el resto de cachivaches. Me toca buscar dónde desayunar y, mientras me tomo el café, llamo por teléfono a la policía local para avisarles de que he dejado la vivienda tal como me dijeron y agradecerles que me la hayan cedido.
Salgo callejeando del pueblo hasta enlazar con la carretera CV-81, donde me esperan fuertes subidas pedaleando hasta llegar al Pou Clar. Es un tramo del río precioso, lleno de piscinas naturales y cascadas. Paso allí un buen rato disfrutando del paisaje y haciendo fotos mientras la cámara me deja.
Tras esta parada tan relajante, retomo la etapa. A apenas unos cientos de metros, me detengo en la fuente y lavadero de En Ferris para hacer otras pocas fotos y, tras un par de pedaladas más, entro en Bocairent cruzando el puente medieval de Sant Blai. Lo primero que hago es ir a la Oficina de Turismo para sellar el salvoconducto; intento también el sellado digital, pero resulta imposible. Después dedico un buen rato a recorrer la población, donde descubro una chimenea industrial cuadrada, Les Covetes dels Moros (unas cuevas artificiales de los siglos X-XI) y varias casonas señoriales.
A la salida de Bocairent hablo con unos ciclistas que me aconsejan seguir por la Vía Verde del Chicharra, asegurándome que me llevará como mínimo hasta Banyeres de Mariola. Así que tomo un pequeño camino en su búsqueda, aunque antes de encontrarla me toca atravesar todo un polígono industrial. Ya rodando por la dichosa vía verde, tras unos kilómetros me detengo al ver la ermita de Sant Antoni de Pàdua. Aprovecho para hacer unas fotos, descanso unos minutos y continúo.
En este punto, la vía verde abandona el asfalto y se convierte en un camino de tierra lleno de baches. Al cabo de unos kilómetros me empieza a entrar la duda de si voy bien, hasta que por fin veo una indicación que me tranquiliza. Unas pedaladas más y me desvío hacia Banyeres de Mariola; sin embargo, tras dar unas cuantas vueltas, me lío y acabo de nuevo en la vía verde sin haber podido visitar el pueblo.
Sigo adelante por la vía verde, que ahora presenta grandes bancos de arena. La bici va zigzagueando tanto que estoy a punto de irme al suelo en un par de ocasiones. Voy así durante unos dos kilómetros hasta que dichosamente vuelvo al asfalto. Lo curioso es que en ningún momento veo indicaciones para salir ni a El Sale ni a Beneixama. Me da la impresión de que me las he pasado de largo y que me plantaré en Villena sin tocar más pueblos. De momento sigo rodando, a ver qué me encuentro.
Salgo callejeando hasta tomar el camino de Santa Eulalia, que me conduce hacia Sax. Al llegar, me resulta imposible realizar el sellado digital; subo hasta donde me indican, pero no hay manera. Me acerco entonces al Ayuntamiento, pero allí me estampan el sello municipal en lugar del oficial del Camino del Cid. Cuando les pregunto el motivo, me sueltan tan tranquilos que no saben dónde está el cuño oficial. En fin... para matarlos. A pesar de todo, recorro la población y me acerco a ver el Castillo, el Escudo de la Inquisición y la Ermita de San Blas.
Pongo rumbo fuera de Sax siguiendo las instrucciones del GPS. Comienzo por un camino asfaltado que a los pocos metros se transforma en una pista de tierra, piedras y bancos de arena que dificultan enormemente el pedaleo. Para colmo, empieza a chispear un poco mientras el sol aprieta arriba. Avanzo con ciertas dudas de hacia dónde me lleva el track; el GPS me está metiendo por sitios donde es casi imposible rodar cargado. Afortunadamente, de la nada aparece otro ciclista, José Pastor, que viene al rescate. Pasamos juntos por el yacimiento ibero-romano de El Monastril y, tras esta visita inesperada, llegamos a Elda.
Una vez en la ciudad, lo primero que hacemos es sentarnos en una terraza de la Plaza Mayor a tomar un refrigerio. Ya más descansados y tranquilos, recorremos la población, buscamos el punto para sellar digitalmente el salvoconducto y, de salida, vemos de pasada el Museo Arqueológico, el Museo del Calzado, el Teatro Castellar, el auditorio y varios edificios interesantes.
Continúo la ruta acompañado por José, que me propone saltarnos Monóvar para ir por unos atajos directamente hacia Novelda. No llevamos mucho tiempo rodando cuando se levanta un viento bastante fuerte y vuelve a chispear; esperemos que la cosa no vaya a más. Lo curioso es que por estos caminos perdidos siguen apareciendo de vez en cuando las famosas flechas amarillas del Camino de Santiago. Están bien para los peregrinos a pie, pero en bicicleta y con alforjas seguir ese trazado es casi una odisea, y más aún intentar seguirle el ritmo a José, que me saca un buen puñado de años de ventaja y va sin carga.
El problema gordo llega cuando nos encontramos el camino cortado por obras. Decidimos continuar de todos modos; José me advierte de que, si nos damos la vuelta, nos tocaría dar un rodeo de al menos treinta kilómetros. Avanzamos hasta que los operarios nos paran y nos echan una buena bronca por saltarnos el corte. José intercede y les explica que voy en plan cicloturista y que me está acompañando hasta Novelda. Al final se compadecen de nosotros y nos dejan pasar. Les damos las gracias y por fin alcanzamos nuestro destino.
En Novelda buscamos la oficina de turismo para sellar, pero la encontramos cerrada. Localizamos el punto de sellado digital, hacemos la gestión y nos vamos en busca del hostal que llevaba anotado. No resulta nada fácil dar con él, ya que está metido al fondo de un pasaje (haciendo honor a su nombre). Me despido de José y quedamos en vernos más tarde para tomar algo. Subo a recepción, hago el papeleo, dejo la bici en un pequeño almacén y subo las alforjas con el resto del equipaje a la habitación. Ahora toca la rutina de cada fin de etapa: una buena ducha, lavar la ropa del día, reorganizar los bártulos y tumbarme a descansar.
Ya con las fuerzas repuestas, salgo a dar una vuelta por el municipio. Callejeando contemplo la Casa Museo Modernista, el Casino, el Centro Cultural Gómez-Tortosa, el Ayuntamiento, la Plaza España y varias casonas señoriales. Al terminar este recorrido, busco un sitio donde cenar y doy con una pizzería ideal para preparar la foto de mi sección "Grandes Cenas Cicloviajeras" para las redes sociales. Mientras ceno me quedo con la duda de qué habrá sido de José, ya que habíamos quedado, pero no ha llegado a aparecer.
¡Y esto ha sido todo! Una etapa más completada. Para cerrar el día, me meto en una cafetería del pasaje, justo al lado del hostal, y sentado en el último rincón escribo estas notas mientras saboreo un buen café.
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