El Romaní (8,2 km)
Almussafes (2,2 km)
Benifaió (1,5 km)
Algemesí (11 km)
Alzira (6 km)
Carcaixent (3,7 km)
Cogullada (2 km)
La Pobla Llarga (3,3 km)
Manuel (4,2 km)
Xàtiva (9 km)
Bellús (9,9 km)
Guadasséquies (3 km)
Benisuera (1,5 km)
Alfarrasí (2,1 km)
Montaverner (2,3 km)
Ontinyent (12,8 km).
Alojamiento:
Vivienda de acogida municipal.
Datos de la etapa:
Km. Etapa: 98,13
Km. Total: 1.644,82
Tiempo en movimiento: 7 h 58 m
Tiempo total etapa: 10 h 10 m
Velocidad media: 14,1 km/h
Velocidad máxima: 45,75 km/h
Desnivel acumulado: +818 m / -482 m
Altitud máxima: 359 m
Altitud mínima: -1 m.
¡Pues bien! Después del día tan aciago que pasé ayer, espero que hoy las pedaladas me sean más favorables. Como de costumbre, me levanto sobre las 6:30 h y empiezo a organizar el equipaje. Tras bajarlo todo a la recepción, junto con la bicicleta, me meto en la cafetería a desayunar.
Rondando las 8:00 h arranco la nueva etapa por la CV-4008 en dirección a El Romaní. Para evitar despistes, he puesto el GPS siguiendo el track del Camino del Cid. Enlazo con la CV-3220 y, tras rodar unos nueve kilómetros, entro en El Romaní. Recorro sus calles sin encontrar nada fuera de lo común, salvo el entorno: un paisaje de arrozales que es una auténtica maravilla.
Continúo por la CV-3220 hasta que, a los pocos cientos de metros, conecto con la CV-520. Bastan tres pedaladas más para entrar en Almussafes, donde lo más reseñable son sus grandes industrias. Hasta este punto no he logrado ver ni una sola indicación del Camino del Cid ni de la EuroVelo 8.
Dejo atrás la ciudad de los automóviles y sigo por la misma carretera hacia Benifaió. Nada más entrar, localizo un lavadero impresionante, además de la Torre de la Plaza, la iglesia de San Pedro y la Casa-Palacio de los Falcó. Tras callejear un poco, salgo de la población.
Prosigo la marcha por la CV-42 y, tras unos doce kilómetros, llego a Algemesí. Busco el punto de sellado digital para sumar un cuño más al salvoconducto y me doy un paseo por el casco histórico. Aquí contemplo la basílica de San Jaime, la capilla de la Troballa, el Museo Valenciano de la Fiesta (solo por fuera) y la casa de la Senyora Pepa.
Tomo ahora la CV-5121 para enlazar en un par de kilómetros con la CV-42 y entrar en Alzira. Me acerco a la oficina de turismo para sellar y recorro parte de la ciudad admirando sus murallas con sus torreones, la Casa de Alós, la Casa Reial y lo más representativo de su centro histórico.
Abandono Alzira cruzando el puente de los Gitanos por la CV-41. Nada más pasar el Molino de Montagut, giro a la derecha para tomar el camino de la Materna, por donde coinciden los trazados del Camino de Santiago, la Defensa del Sur (Camino del Cid) y la Vía Augusta. Tras rodar unos cuatro kilómetros entro en Carcaixent, donde contemplo la iglesia de la Asunción y el Palau de la Marqueseta antes de salir callejeando.
Ahora pedaleo por un caminito asfaltado que discurre paralelo a la CV-41, hasta desviarme por la vía denominada Polígono Nº 04. Lo bueno es que cuenta con un carril bici adosado que me lleva directo a La Pobla Llarga. Aquí contemplo la iglesia de San Pedro, la Plaza del País Valencià, el Ayuntamiento y, paseando por el casco antiguo, la Casa Miñana (hoy Casa de Cultura) junto a otras casas señoriales con escudos heráldicos.
Retomo el camino y a los pocos metros conecto con la Vía Verde Ribera Costera. Tras unos cinco kilómetros de pedaleo más que tranquilo, envuelto en grandes extensiones de naranjos, entro en Manuel. Lo primero que me sale al paso, junto a la propia vía verde, es un lavadero.
Ya en el centro histórico, me acerco al Ayuntamiento para sellar el salvoconducto y pedir información local. Recorriendo sus calles, veo la Casa Estruch (Palacio de Manuel), la Casa de la Sal y la iglesia de Santa Ana. Al salir de nuevo a la Vía Verde, contemplo la antigua estación de Manuel-Enova.
La ruta continúa por la Vía Verde Ribera Costera durante unos diez kilómetros hasta entrar en Xàtiva. Tras sellar el salvoconducto, me adentro en su casco histórico para contemplar la Colegiata de Santa María, el Castillo, el Antiguo Hospital Real y la Plaza del Mercado. Antes de abandonar la ciudad, me detengo en el Jardín del Beso y en el antiguo lavadero, el cual dejo bien documentado. Ya en la salida hacia Bellús, me paro en el bar junto a la gasolinera para tomar un refrigerio.
Y aquí viene lo bueno. Mientras recuperaba fuerzas, charlo con unos parroquianos que me advierten de que camino a Bellús me toca subir un puerto. Para más inri, me aconsejan que me «ate bien los machos», rematando con que más de uno ha tenido que bajarse de la bici. Les respondo que no será para tanto y terminamos echando unas risas.
Reanudo la marcha con cierto reparo metido en el cuerpo, pero tras pedalear unos kilómetros alcanzo la cima. La verdad es que técnicamente no era para tanto, aunque sí ha resultado agotador. Al coronar el puerto, me detengo a tomar aire y beber agua.
Y aquí llega el verdadero "puntazo" del día. Ya más o menos repuesto del esfuerzo, me monto en la bici y, a la primera pedalada... ¡cataplum! Me pego un ostión de cojones. Menos mal que la cosa no ha pasado a mayores: un chichón en la cabeza y un poco de aturdimiento. Afortunadamente no llevaba el casco; de haberlo llevado, a saber qué me habría pasado (nótese la ironía).
Tras el percance continúo la etapa, ahora afortunadamente en bajada hasta Bellús. Recorro el centro, sello el salvoconducto y contemplo el Palau de Bellvís y varios murales. El tema de la cabeza va algo mejor; ya no me duele tanto y ha dejado de sangrar, aunque el aturdimiento persiste... claro que eso en mí viene de serie.
Salgo de Bellús por la N-340, pero a los pocos metros me desvío por el camino de L'Olleria. A partir de aquí, menos mal que voy siguiendo el GPS, porque si no me habría perdido con total seguridad. Enlazo una serie de caminos pasando casi rozando Guadasséquies; han sido solo tres kilómetros, pero me han parecido treinta.
Como no podía ser de otra manera, aquí vuelvo a liarme y no llego a entrar en Guadasséquies. Para colmo de males, en vez de tomar el rumbo correcto, termino metido en la N-620, lo que significa que tampoco visito Benisuera. En fin, un desastre total.
Una vez instalado, toca el ritual de siempre: una buena ducha —hoy me salto el lavar la ropa— y a la cama a descansar un buen rato. Entre la subida al puerto de Bellús y la caída, creo que me lo he ganado a pulso.
Al cabo de un rato, ya más relajado, salgo a recorrer la ciudad. Sello el salvoconducto y me acerco a ver el Puente de Santa María, el Puente Viejo, el Portal de San Roque y el Palau de la Vila. Con las piernas ya fatigadas de tanto patear, me acomodo en la terraza de un bar a degustar unas buenas cervezas bien frescas con sus correspondientes tapas.
Al igual que me ocurrió ayer, el tema fotográfico hoy ha cundido bastante poco. Supongo que la humedad acumulada en el interior de la cámara le ha terminado pasando factura, pues la jodida ha decidido dejar de disparar a su antojo.
De vuelta al alojamiento compro algo para cenar. Reorganizo el equipaje como de costumbre y preparo el decorado para hacer la famosa foto de la sección «Grandes Cenas Cicloviajeras», que luego publico en redes sociales.
Tras haber completado casi cien kilómetros, superado el puerto de Bellús con sus infinitas subidas y bajadas, y luciendo un buen chichón en la cabeza, llega el momento más esperado del día: me encamino a una cafetería cercana y, sentado en la mesa más apartada con vistas a no sé dónde, voy saboreando un extraordinario café mientras redacto estas notas.



























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