Poblaciones de paso:
Noguera de Albarracín (8 km)
Tramacastilla (5 km)
Torres de Albarracín (3,7 km)
Albarracín (12 km)
Gea de Albarracín (20 km)
Cella (9 km)
Caudé (11,2 km)
Teruel (21 km)
Alojamiento:
Hostal Aragón
Datos de la etapa:
Km. Etapa: 97,56
Km. Total: 1.180,37
Tiempo en movimiento: 7 h 23 m
Tiempo total etapa: 10 h 5 m
Velocidad media: 14,1 km/h
Velocidad máxima: 47,4 km/h
Desnivel acumulado: +651 m / -1.316 m
Altitud máxima: 1.718 m
Altitud mínima: 901 m
Como de costumbre, sobre las 6:30 h ya estoy organizando todo el equipaje. Os preguntaréis cómo es posible que, si ya lo dejé listo anoche, vuelva a andar a vueltas con él ahora. Pues muy fácil: no os podéis imaginar la cantidad de cosas que caben en cuatro alforjas y, sobre todo, cuántas de ellas se cargan para luego no llegar a utilizarse. Tras este eterno ritual diario, bajo todo el material, lo acoplo a la bicicleta y disfruto del desayuno. Después de charlar un rato con el personal del hostal y algunos parroquianos, me despido y emprendo la marcha.
La salida se realiza por las carreteras A-2709 y TE-V-9031 (no sé por qué, pero este tramo comparte ambas denominaciones). De entrada, me tocan unos repechos tremendos. Tras unos kilómetros de esfuerzo continuo, corono el puerto de Villarosario (1.705 m). Son apenas las ocho y media de la mañana y ya estamos así... ¡Vaya tela!
Después de estos primeros ocho kilómetros de tremenda dureza, llego a Noguera de Albarracín. Recorro sus calles y aprovecho para fotografiar la iglesia, la fuente de San Miguel y el lavadero, en el cual, curiosamente, ahora se ofician las misas. También aprovecho la parada para sellar el salvoconducto.
Reanudo la etapa por la A-1512. A los pocos minutos tengo que parar a ponerme algo de abrigo y el cortavientos; la bajada del puerto es sumamente fría y voy medio helado. Sin embargo, poco después me toca desvestirme otra vez al ver que el terreno vuelve a empinarse. Aparecen repechos muy fuertes que parecen no dar tregua. Y es que, casi sin darme cuenta, me encuentro subiendo el puerto de Tramacastilla (1.395 m). ¡La leche! El segundo de la mañana. Espero que la cosa se relaje a partir de aquí.
Entro en Tramacastilla bastante agotado, pero guardando fuerzas para pedalear por sus calles y contemplar su plaza Mayor, la fuente, el Ayuntamiento y algunas casonas interesantes. Ya a la salida de la población, diviso la ermita de la Magdalena y el arroyo de los Recuencos.
Continúo por la A-1512 hasta pasar junto al Molino del Pescador. Tres pedaladas más y entro en Torres de Albarracín, donde visito la iglesia, el Ayuntamiento y varias casas señoriales. A las afueras del pueblo, me acerco al área recreativa La Beguilla, donde localizo y documento un nuevo lavadero.
Sigo pedaleando por la misma carretera, pero ahora el paisaje cambia por completo al adentrarme en el impresionante cañón del río Guadalaviar. Ruedo casi en paralelo al cauce, disfrutando de unas vistas espectaculares. De camino paso por el puente de Rodilla y la torre de la Muela hasta que, finalmente, entro en Albarracín. Dejo la bicicleta en un aparcabicis —esperando no tener que lamentarlo— y subo a pie por unas escaleras para recorrer el precioso centro histórico. Tras visitarlo y sellar el salvoconducto, regreso a por la bici (que afortunadamente sigue en su sitio) y retomo la ruta.
Sigo rodando por la misma vía durante unos veinte kilómetros hasta llegar a Gea de Albarracín. Aquí cumplo con el trámite de sellar el salvoconducto y visito la iglesia de San Bernardo, el portal de Albarracín y el portal de Teruel; además, antes de salir, documento otro lavadero. La marcha de este pueblo no puede ser más accidentada: intento seguir un camino de tierra y, tras un par de kilómetros, me percato de que voy en dirección contraria. Toca dar la vuelta y regresar a la ya famosa A-1512.
Reemprendo la marcha coronando el alto de Gea (1.104 m); ¡lo que sea con tal de no perder la forma! Ya en un tramo más tranquilo, diviso a lo lejos lo que parece un circuito de motocross y, poco después, paso junto a los restos de la Venta del Ratón. Al llegar a un cruce, cambio a la carretera TE-V-9011 y, tras unos cientos de metros, entro en Cella.
Lo primero que hago es buscar un bar para tomar un refrigerio, pero me comentan que allí no sirven comida y que un poco más adelante encontraré un local con cocina. Me acerco y resulta estar justo al lado de la fuente de Cella, el célebre lugar donde nace el río Jiloca. Me acomodo en la terraza y pido unos pinchos acompañados de sus respectivas cervezas bien frías. Tras dar buena cuenta de la comida, fotografío la fuente y sus alrededores. Paseando por el pueblo descubro los restos de la antigua muralla y el castillo, la plaza Mayor con su Ayuntamiento y, para rematar la visita, documento su lavadero.
Salgo de Cella por la A-2515 y, a los pocos cientos de metros, enlazo con la Vía Verde de Ojos Negros, en un tramo que inicialmente está compartido con automóviles. Solo puedo decir que el trayecto hasta Caudé es un auténtico desastre: está pésimamente señalizado, el firme se encuentra lleno de baches y he estado a punto de perderme varias veces. Pese a todo, logro plantarme en Caudé, donde recorro sus callejuelas para ver la iglesia, el ayuntamiento y un par de lavaderos.
Nada más salir de Caudé, vuelvo a enlazar con la Vía Verde de Ojos Negros con la intención de ir directo hacia Teruel. Por delante me esperan, o eso creo yo, 21 kilómetros de placentero pedaleo. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
En cuanto doy las primeras pedaladas, la ruta se convierte en una odisea. El firme cambia a cada paso: hay tramos de asfalto, zonas de tierra, bancos de arena, piedras sueltas y hasta balsas de agua. Obstáculos para todos los gustos. Por si fuera poco, la señalización brilla por su ausencia; de hecho, creo recordar que solo veo un par de indicaciones en todo el trayecto, y una de ellas es solo para avisar de que Teruel está a 5 kilómetros.
Cansado de avanzar sin ver ninguna indicación para entrar a la ciudad, decido parar y consultar el GPS. Para mi sorpresa, el aparato me marca que tengo que retroceder 6,5 kilómetros. Tras dar la vuelta y desandar lo andado, el navegador me desvía por el camino del Polvorín, pero llego a un punto en el que la ruta está totalmente cortada por obras. Unas vallas impiden el paso por completo.
Doy varias vueltas buscando una alternativa, pero el GPS insiste testarudamente en que siga por allí. Por suerte, aparece un chaval en bicicleta que me indica por dónde puedo pasar. El desvío va junto a una de las vallas, a través de un senderito tan estrecho que apenas cabe una persona a pie. Aun así, me armo de valor y, arrastrando la bici con las manos, logro cruzar el tramo, aunque estoy a punto de caerme por un terraplén. Por fin, después de toda esta odisea, logro salir de este galimatías.
Prosigo por el camino del Polvorín, paso por el mirador del Pino y ahora sí, por fin entro en Teruel. En primer lugar, me encamino a la oficina de turismo, donde me sellan el salvoconducto y me facilitan todo tipo de información útil, incluyendo recomendaciones de alojamiento. Sin más demoras, me dirijo al hostal y, tras subir a la habitación, cumplo con el ritual de cada tarde: una ducha reconfortante y reparadora, lavar la ropa y descansar un rato.
Tras este merecido descanso, salgo a recorrer la ciudad. Paseando por su casco histórico visito la plaza del Torico, el mausoleo de los Amantes de Teruel, la plaza de la Catedral, la Torre Mudéjar y el portal de Daroca, entre otros muchos rincones. Ya cansado de tanto caminar, entro en un bar a cenar. Charlando con unos vecinos, me aclaran el misterio del laberinto de la Vía Verde: todo el caos se debe a las obras del nuevo hospital de Teruel, que lo tienen todo cortado. Mientras me lo explican, inmortalizo el plato para la sección “Grandes Cenas Cicloviajeras”. Al terminar la cena, me despido y regreso al hostal.




































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