Mirando atrás, cuesta creer todo lo que puede dar de sí un puñado de kilómetros. Empecé en Burgos, con ese frío mañanero que te hace encoger los hombros y con las ganas intactas del primer día. Las alforjas pesaban más de la cuenta y las piernas sufrían en cada repecho mientras se acostumbraban al ritmo. Cruzar ocho provincias en bici no es nada fácil, qué duda cabe, pero al final de cada jornada siempre había algo que hacía que todo hubiese merecido la pena.
Ha habido de todo. Días complicados, con la lluvia apareciendo de golpe en mitad de un puerto y dejándome las manos heladas en las bajadas. Subidas de infarto de hasta el 15 % que me obligaban a apretar los dientes y soltar algún que otro quejido. Y ese viento de cara que parece tener algo personal contra los ciclistas, consiguiendo que avanzar unos pocos kilómetros se convirtiera en una auténtica hazaña.
Tampoco han faltado las pequeñas torpezas del viaje: alguna caída tonta casi en parado por despiste, perder la ruta cuando parecía que todo estaba clarísimo (y no lo estaba) o la misión casi imposible de encontrar un bar abierto para tomar algo capaz de devolverme el ánimo.
Pero por cada mal rato, el Camino me ha regalado otros muchos momentos memorables. El silencio de la España vaciada, el olor a pino y a tierra mojada, ese plato de comida caliente que sabe a gloria tras horas sobre el sillín, y la enorme satisfacción de coronar un puerto y echar la vista atrás para contemplar todo lo dejado abajo.
Y, cómo no, la búsqueda incesante de esos lavaderos que tanto me apasionan. En cada parada, mis ojos se iban directos a buscarlos: algunos magníficamente restaurados y llenos de vida, otros resistiendo a duras penas el paso del tiempo y el olvido de las administraciones, pero todos con una historia que contar. Cuántas fotos, cuántas fichas anotadas a pie de pila y cuántas conversaciones improvisadas han surgido gracias a ellos. La amabilidad de la gente al verme llegar cargado hasta arriba, explicándome los detalles del lavadero de su pueblo o ayudándome a sellar el salvoconducto, son de esas cosas sencillas que terminan guardándose en lo más profundo del recuerdo.
El paisaje también fue cambiando poco a poco. Quedaron atrás las tierras altas castellanas y la dureza de las sierras para dar paso a horizontes más luminosos, a la huerta y a una calidez que me obligaba a buscar cualquier sombra. Las mañanas de abrigarse hasta las orejas dieron paso a la búsqueda del fresco o al refugio en alguno de esos lavaderos, que lo mismo servían para capear una tormenta imprevista que para ponerme a resguardo cuando el sol apretaba a mediodía y tocaba recuperar el aliento.
Pero, en el fondo, la filosofía ha sido la misma desde el primer día hasta el último: avanzar sin prisas, disfrutar de la ruta, documentar cada rincón con encanto y aprender a valorar lo esencial.
Llegar al final deja una sensación agridulce. Por un lado, el cuerpo pide descanso y agradece no tener que pedalear más. Por otro, da cierta pena pensar que mañana ya no habrá que preparar las alforjas, revisar la presión de las ruedas, estudiar el perfil de la etapa ni preguntarme qué puerto o qué nuevo lavadero tocará descubrir después.
La aventura termina, pero se quedan las risas, los madrugones, el frío matutino, los paisajes, la satisfacción del trabajo de campo bien hecho, las pequeñas anécdotas y todos esos momentos que, con el tiempo, acabarán siendo los que más recuerde.
Muchísimas gracias a todos los que habéis estado al otro lado de la pantalla siguiendo el viaje y acompañándome en cada etapa y en cada entrada del blog. Aunque no hayáis estado físicamente sobre la bici, de alguna manera también habéis formado parte de este Camino.
Ahora, ya más tranquilo y relajado, instalado en mi rincón de casa, escribo estas últimas notas mientras saboreo un magnífico café. Después de tantos kilómetros y tantas historias por contar, creo que me lo he ganado.
Nos vemos en la próxima ruta.
¡Salud, compañeros!



Crespo tu sí que sabes!!!
ResponderEliminarSalud y pedales.