La Pobla del Ballestar (2,7 km)
Villafranca del Cid (6,3 km)
Benassal (19,5 km)
Font d’Ensegures (2,2 km)
Culla (7 km)
La Torre d’En Besora (11,4 km)
Atzeneta del Maestrat (15,5 km)
Km. Etapa: 73,03
Km. Total: 1.331,35
Tiempo en movimiento: 5 h 53 m
Tiempo total etapa: 8 h 14 m
Velocidad media: 12,7 km/h
Velocidad máxima: 40,5 km/h
Desnivel acumulado: +796 m / -1.648 m
Altitud máxima: 1.251 m
Altitud mínima: 368 m
Buenos días. Hoy es viernes 1 de mayo, Día del Trabajo. Son casi las siete de la mañana y ya estoy organizando el equipaje. Es la rutina de cada día, pero no queda otra que cumplirla. Aclaro que el itinerario oficial sugería continuar por el Anillo de Morella, pero finalmente he decidido seguir por el Anillo del Maestrazgo, por donde voy pedaleando en este momento.
Una vez que tengo todo el equipaje montado y listo en la bicicleta, me acerco a desayunar y aprovecho para charlar un rato con algunos vecinos. Como suele ocurrir, me dan una serie de recomendaciones sobre por dónde ir y qué ver que ni ellos mismos tienen del todo claras.
Empiezo a pedalear por la carretera A-227 hasta que, tras unos tres kilómetros, me desvío por la CV-15 para entrar en La Pobla del Ballestar. Es una pequeñísima aldea por la que ayer no pasé; de hecho, al ser tan pequeña, ni me percaté de su existencia. Recorro sus tres calles y salgo de allí sin haberme bajado siquiera de la bici.
Tras unos siete kilómetros de pedalear, y antes de alcanzar Culla, me encuentro con la ermita de San Roque y la Torre del Palomar. Ya en el centro de la población, envuelto en un frío y una niebla intensos, recorro sus calles observando de pasada el castillo, la Antigua Prisión, la Porta Nova, el Antiguo Hospital y el Portal de la Font. Antes de proseguir la marcha me veo forzado a parar para ponerme la ropa de agua; lo curioso es que no llueve, pero la niebla y la humedad ambiental me tienen completamente calado.
Ahora toca bajar todo lo que he subido. Emprendo el descenso por la CV-166 con muchísima niebla y un frío glacial que me obliga a detenerme de nuevo para abrigarme aún más. Tras unos ocho kilómetros rodando, paro al divisar un lavadero que, por supuesto, documento, aunque la niebla y el frío apenas me permiten sacar unas fotos aceptables. Apenas cuatro pedaladas más adelante encuentro la famosa Carrasca de Culla (declarada árbol monumental de la Comunidad Valenciana), a la que también tomo un par de fotografías.
Tras esta parada técnica sigo rodando con los dedos de las manos y de los pies helados; hace un frío que pela. A los pocos kilómetros llego a un cruce: a la izquierda se va hacia La Torre d’En Besora y a la derecha hacia Atzeneta. Teniendo en cuenta el frío acumulado y lo calado que voy, decido poner rumbo a Atzeneta del Maestrat y dar por finalizada allí la etapa.
Por fin entro en Atzeneta, más helado que un chambi. Lo prioritario es buscar alojamiento. Me indican dónde hay un hostal, pero al llegar me informan de que están completos. Al ver mi situación, la Sra. Mari, responsable del hostal, se preocupa e intenta localizarme algún sitio. Tras varias llamadas no consigue nada, salvo una casa rural donde me piden 150 € por pasar la noche. Viendo que la cosa se complica, me ofrece una alternativa sorprendente: prestarme —completamente gratis— una casa particular que compró hace solo unos días y que aún tiene pendiente rehabilitar, pero que cuenta con agua caliente y todos los servicios básicos. Acepto la propuesta encantado, así que me acompaña hasta la vivienda y me entrega las llaves.
Se trata de una casa típica de pueblo, de tres o cuatro alturas, pero con muy pocos metros por planta, lo cual a mí me resulta perfecto. Subo a la segunda planta todo lo necesario para dormir y dejo el resto del equipaje, junto con la bici, en la planta baja. Con todo organizado, regreso al hostal a tomarme una cerveza con algo de picar. Al preguntarle a Mari dónde puedo encontrar una lavandería para hacer la colada, me dice que no hay ninguna en el pueblo y se ofrece amablemente a lavarme ella misma la ropa. Quedamos en que se la llevaré más tarde.
De vuelta en la casa me doy una ducha reconfortante, reorganizo las alforjas y extiendo el saco de dormir sobre la cama para descansar un rato. Ya repuesto de la paliza de pedaleo, vuelvo al hostal y le entrego la ropa a Mari.
A continuación salgo a visitar la población. Documento un lavadero y visito la Muralla Medieval, la Puerta del Horno, la Calle del Palo (lugar donde antiguamente se castigaba a los malhechores) y la Ermita del Calvario. Bastante fatigado de caminar, me siento finalmente en la terraza de un bar a disfrutar de unas cervezas bien merecidas.
Ya más tranquilo, y tras este reconfortante descanso, me encamino al restaurante Casa Ramón —regentado por la misma persona que me ha cedido la casa— para cenar. Eso sí, antes preparo toda la parafernalia necesaria para tomar la foto de rigor con destino a la sección «Grandes Cenas Cicloviajeras». Tras devorarlo todo, recojo la ropa que tan amable y gratuitamente me han lavado y la llevo a la casa.
Nuevamente en el restaurante, me acomodo en un rincón tranquilo. Lo primero que me sale del corazón es expresar mi más sincera gratitud hacia Mari, la propietaria del hostal y restaurante, por la inmensa amabilidad y empatía que ha demostrado al cederme su vivienda y lavar mi ropa sin interés económico alguno. Por mi parte, he querido tener el detalle de dejar 20 euros de propina al pagar la cena; sé que no es nada en comparación con su gesto, pero menos da una piedra...
Y bien, tras una jornada verdaderamente agotadora, aquí me encuentro, sentado en este pequeño rincón, saboreando un magnífico café mientras escribo estas notas.


























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